Santiago Pozas

Una vez, hace unos cinco años, asistí a una conferencia de un empresario que acababa de despedir a uno de sus directivos más importantes ante la sorpresa del resto de sus compañeros y subordinados. Este empresario decidió recortar sueldos y gastos ante la situación de crisis que comenzaba por aquel entonces y, en lugar de comenzar por la base, como hacen casi todos los demás, él comenzó la poda por la cúpula. Su argumento fue tan simple como lógico: este directivo cobraba como 4 ó 5 trabajadores de base y, al marcharse, la empresa seguiría funcionando como hasta entonces y los ingresos no se resentirían. Algo por el estilo ocurrirá el día después de la renuncia del Sr. Pozas, es decir, que todo seguirá como hasta ese momento.

De cargos de ese estilo, insultantemente superfluos, saben demasiado en este Betis actual de los amigotes y los colocados a dedo sin más mérito conocido que el de estar en el lugar oportuno en el momento justo o el de ser amigo de alguien con capacidad para enchufar.

Cuando llegó el Sr. Pozas, muchos nos preguntamos (bueno, no exageremos, tampoco fuimos demasiados) qué funciones tendría, qué sueldo cobraría, cuál era su preparación y su idoneidad para el cargo y, sobre todo, si el proceso de selección había sido limpio y claro. Hoy sabemos que, casualidades de la vida, la empresa que le seleccionó tenía ciertos vínculos familiares con el próximo exdirector general. Tampoco es que el hecho de que, según se dice por ahí, sea aficionado sevillista, ayude mucho a entender su contratación.

A mí, particularmente, no me importa que las personas que prestan su servicios profesionales al Real Betis sean sevillistas confesos siempre y cuando sean los mejores en su especialidad. Yo creo en la profesionalidad de las personas antes que en su filiación deportiva, pero entiendo que haya quien pueda sentirse molesto por el hecho de que se fiche a un seguidor del otro equipo de la ciudad. No es mi caso; mi opinión sobre su figura  se basa en su hoja de servicios, que es de un color blanco brillante.

Basta leer el comunicado de la web oficial que, textualmente, dice que el renunciante “ha contribuido activamente a la modernización y profesionalización de la entidad en esta última etapa”, reconociendo de manera implícita la imposibilidad de explicar qué hacía este señor en el Real Betis, cuáles han sido sus funciones o méritos y qué pintaba en el club más allá de esos eufemismos enlatados y esa colección de tópicos que le dedican en su despedida.

Por eso, recordando aquella explicación del empresario que recortó por la cúpula, me atrevo a asegurar que mañana todo va a funcionar igual de bien o mal en el Real Betis de la era “post-Pozas” y que el resto de cargos sobrantes debería poner sus barbas a remojar si el administrador judicial aplicara un mínimo de criterio empresarial a la hora de estructurar el club, claramente sobredimensionado. Pero eso sería un  milagro y aquí sólo hablamos de fútbol

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