José Antonio Bosch Valero

José Antonio Bosch Valero, ex-consejero del Real Betis

Por su interés, reproducimos el artículo de Antonio Félix publicado en el día de hoy en El Mundo, en el que, además de narrar los hechos con todo detalle, afirma que Garrido será el siguiente en caer al haber cobrado comisiones por el fichaje de Baptistao:

El administrador judicial, imagen de la honradez en el nuevo Betis, cae por los indicios de irregularidades / Lo echa la directiva con el respaldo de la juez / Alaya medita si relevarle por la mujer de Porrúa / El club trata de frenar con esta bomba su descomposición

Pocas personas han visto llorar a Mercedes Alaya, la esfinge hecha juez que los lectores de este periódico eligieron como personaje del año, por su implacable persecución de la corrupción allá donde se encuentre. Pero en la tarde del 1 de noviembre de 2010, en una fría sala del tanatorio de Sevilla, un puñado de personas permanecían atónitas ante el fuego y las lágrimas que brotaban de los ojos de la magistrada. Alaya no podía contener la pena por la muerte de Juan Manuel Gómez Porrúa, el primer administrador judicial que había designado para el Betis. Tampoco la ira.

Para sorpresa de todos, la juez anunció allí mismo quién sucedería a Porrúa, cuyo corazón reventó ante la presión por poner orden en el último Betis loperiano. Sería… ¡su mujer! María Jesús Guerrero, como Juan Manuel, una experta doctora y jurista en derecho Mercantil. También como él, una persona de una naturalidad y empatía extraordinarias.

Por razones obvias, los asesores de la juez le reconvinieron. Parecía una determinación tomada desde las entrañas. En realidad, era mucho más. Pero Alaya acabó atendiendo a los riesgos de designar a Guerrero, que hubiera aceptado, y reconsideró su decisión. Unos días después, anunció que José Antonio Bosch Valero pasaba a ser el nuevo administrador judicial del paquete de acciones de Lopera. El mandamás del Betis.

Con respecto a Porrúa, Bosch era otra cosa. Profesionalmente, Gómez Porrúa gozaba de una extraordinaria reputación como técnico y docente. En el caso de Bosch Valero, su prestigio venía por su condición de afilado penalista, especialmente conseguido en causas particularmente polémicas. La más célebre, su defensa en el caso Ollero, donde libró a su cliente (gracias principalmente a la anulación de las escuchas) de lo que parecía un flagrante delito de pago de comisiones presuntamente destinadas a la financiación ilegal de partidos políticos.

Las distancias, sin embargo, eran mucho más amplias en el plano personal. Ahí la bonhomía, el buenismo, la calidez de Porrúa contrastaban con el carácter arisco, altivo y distante de Bosch. Una forma de ser que pronto le generó problemas. A los pocos meses, el nuevo jefe se quitó de en medio al administrador judicial de apoyo que tenía en el Betis, Luis Carlos Ruiz de Huidobro. En aquel momento, Huidobro ya anticipó muchos de los males que amenazaban al club con Bosch. Así se los insinuó a la propia juez.

Pero ni Alaya ni nadie le hizo caso. Eran tiempos de euforia en el club verdiblanco, al fin liberado del yugo de Lopera y sus esbirros. En su lugar, Bosch capitaneó al Betis al frente de una directiva de perfil llano, funcionarial, muy técnico, donde ni siquiera el presidente Miguel Guillén –muy desposeído de cualquier función ejecutiva– le hacía sombra.

Fueron tiempos de vino y rosas. El club estalló en un magma de euforia. El equipo se contagió y protagonizó una etapa espléndida de fútbol: ascenso, permanencia y Europa. La hinchada correspondió, orgullosa de una clase directiva caracterizada esencialmente por su insobornable honradez, después de la larguísima etapa anterior de vergüenza institucional y saqueo económico. Nadie la representaba mejor que José Antonio Bosch.
El peligro que acechaba era evidente: el veneno del éxito y el poder en el fútbol.

Fue éste el que comenzó a corromper a Bosch. Poco a poco, el jefe fue amparando hechos y comportamientos impensables en su primera etapa. En los últimos tiempos, éstos se agravaron. En octubre de 2012, pasó demasiado desapercibido el contrato que la firma de abogados de Bosch, Bolonia, consiguió de la Federación Andaluza de fútbol para realizar una serie de colaboraciones. Parecía evidente que el administrador del Betis había utilizado las influencias logradas de su cargo para favorecer a su despacho.

Más flagrante fue el desvelamiento, el pasado diciembre en Diario de Sevilla, de cómo Bosch había contratado a la sociedad Gesalus para llevar los servicios médicos del Betis, después de haberle facturado con su propia empresa. Eran apenas 10.000 euros. Los más caros en la vida de Bosch.
Tras esa información, antes de Reyes, el administrador pidió audiencia a la juez Alaya para defenderse de lo que consideraba un desmesurado ataque. «Nada ilegal», insistía el abogado. Pero desde luego tampoco nada edificante. La excusatio non petita puso en alerta a la magistrada, que hizo una ronda de consultas. Tras ella quedó alarmada. Inmersa de lleno en el caso de los ERE fraudulentos, y con la instrucción del del Betis casi concluida, no esperaba esta bomba.

Para la magistrada resultó intolerable que Bosch hubiera contratado a la misma vez una empresa para su sociedad privada y para el Betis. Pese a que se tratara de una cifra tan exigua como 10.000 euros. Ni uno. Como líder de una ejecutiva caracterizada por su ejemplaridad, a sus ojos quedaba absolutamente desacreditado. En su descargo, Bosch recordó que, tres años después, todavía no había recibido ni un céntimo de su sueldo como administrador, recurrido en los tribunales. No coló. La juez terminó de perder una confianza que ya había mermado cuando el abogado aceptó defender a dos de los acusados por Alaya en el caso de los ERE fraudulentos.

A partir de ahí, y siempre con el respaldo judicial, los acontecimientos se precipitaron. La directiva, sobre la que Bosch había reinado de modo autárquico, y que hasta entonces se había caracterizado por su sumisión, se rebeló. Meses antes ya se había marchado el consejero León Lasa, muy crítico con el sistema. El día 7, el consejo en pleno afeó a Bosch su conducta y forzó su dimisión. Los directivos, que no cobran ni ahora ni nunca, le reprocharon que extendiera sobre todos la sospecha de la corruptela. Bosch estaba perplejo. Se sintió solo y abandonado. Únicamente le quedaba irse.

Ayer, el presidente Miguel Guillén desveló este último acto, en lo que supuso una durísima acusación contra Bosch («actividades comerciales incompatibles»). En la directiva se teme que los enjuagues por aparecer, ilegales o no, sean aún más graves. Guillén, que hasta ahora había sido reducido a una faceta esencialmente representativa, obró con una entereza a la altura de su cargo. Para muchos cobró una nueva dimensión. «El Betis puede haber perdido un gestor para ganar a un presidente», resumía ayer un directivo.

La situación que enfrenta es, en cualquier caso, crítica. Según fuentes solventes, la juez redactaba ya ayer el auto para cesar de su actividad a Bosch. Probablemente, en breve designe a un sucesor (¿María Jesús Guerrero?) para ordenar la gobernabilidad del club, al menos hasta que concluya su instrucción. Ante la inminencia de ésta, incluso podría decretar otro tipo de medidas excepcionales.

Por supuesto, todo este terremoto institucional ha tenido su reflejo en lo deportivo, donde se ha sucedido una tanda de decisiones absolutamente descabelladas que han hundido al equipo en el fondo de la Liga. Si no logra algo nunca visto hasta ahora, remontar desde los 11 puntos, se irá a Segunda. En breve, además, despedirá a su entrenador, Juan Carlos Garrido, inhábil en el campo y cuya agencia de representación ha cobrado comisiones por el fichaje de Leo Baptistao. Sólo un milagro salvaría al Betis. Pero en el Betis parecen tener claro que ese milagro jamás sucederá en un club que no esté limpio.

Por Antonio Félix. Edición impresa diario El Mundo, 14 de Enero de 2014.

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